dimarts, 1 de març de 2011

llegando al estado de Nirvana (momento zen)

El sol brilla. Me quema las mejillas. Miro por la ventana, el cielo luce un color azul de ésos que sólo se ven en los dibujos de los niños pequeños, tan llamativo y tan bonito que no parece real, aunque si te fijas bien, ves que en la línea del horizonte el color se aclara un poco. Ni una nube le quita protagonismo. Un avión aterriza justo en ese momento. Un pájaro cruza la trayectoria del avión, planeando lentamente, a lo lejos. Cierro los ojos y veo ese bucle de formas anaranjadas que se forma cuando se mira muy directamente al sol. No se oye nada, bueno, al decir verdad, hay un murmullo constante. Son los coches, hay tanto silencio que se pueden escuchar los coches en la Gran Vía. Las niñas del patio gritan, corren, saltan. También se oyen los cantos tímidos de algunos pájaros. Me fijo en el pelo de María, sentada a mi lado, orientada, como yo, hacia la ventana, hacia la luz. Los destellos de su pelo parecen galaxias e imagino cuantísimas estrellas habrá en esa melena. Tamara se corta las puntas abiertas e Inés se quita el jersey e intenta dormir. El sol sigue brillando. Y me embarga esa sensación de que todo está donde debe estar, un emocionante sentimiento de paz y tranquilidad. Debería estar leyendo Don Juan Tenorio pero, ¿a quién le importa? Cuando despierto de mi ensimismamiento, me doy cuenta que mi vista esta fija en un árbol, sus ramas se mueven al viento de una manera hipnótica. Suena el timbre, es la una y media, hora de irse. Ojalá este momento durara para siempre.

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